Beeeep, beeeeep, beeeep…

El sonido de su alarma nos despierta abruptamente a las dos. Bostezo con pereza antes de levantarme y estirar mi lomo lentamente, y comienzo a lamerme la patita para después restregármela por la cara y quitarme alguna legaña mientras espero pacientemente.

Cuando al fin le oigo farfullar medio gruñendo algo como que, si “todavía es miércoles” y otros balbuceos sin sentido, salto ágilmente de mi cojín al suelo y me dirijo a su habitación. Maúllo débilmente para hacerle saber que ya estoy de camino y según me voy acercando, un aroma sutil y levemente afrutado me recibe al entrar.

Mi experta nariz de gata identifica toques de ruibarbo, pimienta, y bayas. Al parecer, mi humana se quedó ayer un buen rato leyendo a la luz de las velas… Normal que hoy tenga sueño.

Subo a su cama y nuestras frentes se unen cariñosamente dándonos los buenos días. Ella me pregunta qué tal he dormido hoy y yo le muerdo suavemente la nariz de forma juguetona. Suele fingir que no le gusta, pero siempre le delata una pequeña risa al final.

Cuando finalmente levanta las sábanas para que pueda meterme con ella, no dudo ni un segundo y me adentro con presteza para que dé comienzo mi momento favorito del día. Es hora de palabras bonitas, besos y caricias.

Demasiado pronto para mi gusto, las caricias cesan y mi humana me indica con voz apenada que es hora de levantarse. Intento cogerle la mano de nuevo en señal de protesta, pero tan sólo consigo un último achuchón antes de que se levante.

Salimos juntas de la habitación y nos dirigimos hacia mi segundo momento favorito del día. Y aunque sé que puedo ganarme un doloroso pisotón involuntario, le urjo a que se dé prisa en llegar maullando y enredándome entre sus piernas durante todo el camino. No le hace demasiada gracia, pero a veces es divertido ver a los humanos tropezar tratando de no pisarnos.

Espero impaciente mientras abre el sobre de comida y me lanzo voraz en cuanto lo vierte en el comedero. Me relamo los bigotes al terminar y me dirijo a mi arenero a hacer ciertas… cosas… que una gatita como yo jamás confesará hacer. Y no es que al terminar huela mal. En absoluto. Pero si así fuera, mi humana siempre tiene un ambientador para estos casos así que no tengo de qué preocuparme.

Ahora toca ventilar la casa mientras ella desayuna y se prepara para ir a trabajar, y eso significa que es hora de asomarse a la ventana y cotillear. Dudo un segundo justo antes de saltar al alféizar y decido acicalarme un poco antes de subir. Veréis, los vecinos de al lado han adoptado un gato que quizás esté interesada en conocer… mejor.

El tiempo parece volar cuando estás enamor-, quiero decir… distraída, y antes de que me dé cuenta mi humana ya está cerrando de nuevo las ventanas y rociando el un perfume de hogar diferente en cada habitación de la casa. Mi nariz se llena de notas dulces y florales, ¡qué agradable sensación!

Pero eso sólo significa que mi humana se va a trabajar y me deja sola durante horas, así que le dedico mi mejor mirada de pena mientras le observo despedirse prometiéndome juegos y mimos cuando vuelva.

Siempre cumple su palabra, y su mirada apenada mientras me da un último beso antes de irse podría competir perfectamente con la mía, así que tampoco le castigo demasiado y hago como que me voy a dormir.

Ella no lo sabe, pero sólo finjo irme a mi cojín cuando en realidad en cuanto cierra la puerta me voy directa a tumbarme en su cama. Me encanta el olor refrescante de sus sábanas, cojines y de la colcha.

Algo llama de repente mi atención de camino a su habitación. Parece brillar con el reflejo del sol encima de la mesa del comedor. ¿Debería comprobar qué es? A mi humana no le gusta que me suba a los muebles y menos aún que juegue con las cosas que hay encima. Pero mi humana no tiene por qué enterarse ¿verdad?

Tan sólo voy a subir un momento a ver qué es.

Tampoco creo que pase nada por tocarlo levemente.

Y no es como si fuese a caerse de la mesa y a romperse si lo empujo un poquito… ¡Upss…!

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